Los pasos contados y los libros

Jarnés había estudiado ocho años en el Seminario de Zaragoza, del que salió veinteañero y persua-dido de que su vocación no era, como la de su hermano Pedro, sacerdotal. Hizo el servicio militar en Barcelona y, puesto en la encrucijada de tener que elegir, como hijo de familia sin recursos, entre Iglesia y Ejército, optó por permanecer en el segundo, aun sin rebosar ardor guerrero. En 1912, siendo sargento, se matriculó como alumno libre en la Escuela Normal de Magisterio y el mismo año que fue graduado como maestro nacional, en 1916, se casó con Gregoria Bergua. Fue entonces cuando empezó su dedicación a la escritura, que se prolongó hasta que, en México, hacia 1948, la arteriosclerosis le impidió conjuntar las palabras y regresó a Madrid para morir. Desde 1917 hasta 1922 publicó innumerables artículos en la prensa aragonesa (La Crónica de Aragón, El Pirineo Aragonés) y en semanarios católicos como Rosas y espinas o, sobre todo, El Pilar, así como en la prensa del Rif, donde estuvo destinado desde 1918 (La Unión Española, Diario marroquí y La Unión). El purgatorio del escritor tocó a su fin cuando fue trasladado en 1920 a la Intendencia General Militar de Madrid.
Los primeros tres años en un Madrid vibrante y bullicioso fueron de acomodo y lento cultivo de un pequeño círculo de amigos artistas: los pintores Barradas, Garrán, Alberto, Sánchez Felipe, Paszkiewicz, los poetas Garfias, De Torre, el polígrafo Rafael Cansinos-Asséns. Auspició una revistilla titulada Cascabeles. Semanario indispensable y genial, de la que sólo salió un número el 17 de febrero de 1923. Se trata de una publicación satírica salpimentada con dibujos sicalípticos que debió interesar a Gómez de la Serna por la semblanza del caricaturista Bagaría que firmaba Jarnés con su nombre de pila. Ramón invitó a su tertulia sabatina de Pombo al escritor y, con ello, le abrió la puerta al mundillo literario capitalino. Desde 1923 Jarnés colaboraría en las revistas juveniles de vanguardia (Alfar, Ronsel, Tobogán, Plural), al tiempo que se consagraba a la confección de sus primeros libros: la novela biográfica Mosén Pedro (1924), homenaje a un hermano que actuó de guía y protector pero que también coartó pasivamente, hasta su muerte en 1927, la libre expresión de Benjamín, que no quiso ofenderlo con textos irreverentes; y la novela Claraval, que el autor destruyó tras serle rechazada por la editorial edificante Biblioteca Patria.
El proyecto de una escritura narrativa puesta bajo la advocación de «lo nuevo» se fragua entre 1924 y 1925, cuando La deshumanización del arte de Ortega aparece como folletón en El Sol y se difunde el Primer Manifiesto Surrealista, cuando se publica póstumamente El proceso de Kafka y todavía no se han asimilado las audacias del Ulises de Joyce y La tierra baldía de T. S. Eliot, ambos de 1922, cuando anda en curso de publicación la heptalogía de Marcel Proust En busca del tiempo perdido, cuando Thomas Mann configura en La montaña mágica un espacio de alianza entre la muerte y el arte, cuando, en fin, se halla en su máximo esplendor el Modernismo internacional.
En 1924 redacta Jarnés El convidado de papel (dado a la imprenta en 1928), una evocación de sus dudas, temores y temblores juveniles como interno en el Seminario, y en 1925 inicia la escritura de El profe-sor inútil (1926) y concluye la primera parte de Paula y Paulita (1929), dos títulos capitales de la novela nueva que proclaman la fuerza enaltecedora de la vida que poseen el erotismo y la fantasía. En poco tiem-po concibe el embrión de sus restantes futuras novelas. En 1926 publica el relato «Andrómeda», médula de su primera novela del exilio, La novia del viento (1940); en 1927 ha pergeñado Locura y muerte de Nadie (1929), su unamuniana novela sobre la disolución de la identidad en la sociedad de masas. En 1929 publica el cuento «Circe», que es el origen de Lo rojo y lo azul (1932), anticipa fragmentos de la metanovela Teoría del zumbel (1930) y brinda la primera versión de Viviana y Merlín (1936). Por último, los distintos capítulos de Escenas junto a la muerte (1931) habían ido viendo la luz en diversos lugares desde 1926.
Fue Jarnés un reincidente componedor de biografías y no sería descabellado emparentar con la no-vela algunas de las que escribió antes de la guerra, en particular Sor Patrocinio (1929) y San Alejo (1934), mientras que otras como Zumalacárregui. El caudillo romántico (1931), Castelar, hombre del Sinaí (1935) o Doble agonía de Bécquer (1936) son más vecinas del ensayo.
Antes de perder la guerra y de padecer un trato humillante en el campo de concentración de Limoges, antes de partir hacia México a bordo del Sinaia, Jarnés había publicado Libro de Esther (1935), diálogo misceláneo entreverado de narración y ensayo entre un preceptor y su discípula, al que siguió una farsa novelesca sobre la gloria literaria, Tántalo (1935), y la «nouvelle» Don Álvaro o la fuerza del tino (1936). En 1937, en plena sangría civil, redactó Su línea de fuego (inédita hasta 1980), novela de la retaguardia bélica, insólita entre las suyas, a pesar de haber figurado él como uno de los traductores (en realidad actuó como corrector lingüístico de Eduardo Foertsch) del «best-seller» de Erich María Remarque Sin novedad en el frente (1929).
En México, el escritor dio a la imprenta tres novelas: La novia del viento (1940), Venus dinámica (1943) y Constelación de Friné (1944, atribuida a su personaje-heterónimo Julio Aznar) y en 1948, próximo ya su regreso para morir, apareció Eufrosina o la Gracia (1948), un diálogo de género híbrido como Libro de Esther, título éste que también se recuperó aquel año. De la bibliografía de la supervivencia mexicana (en-ciclopedias, anecdotarios, conferencias, biografías de encargo) tan sólo recordaré Stefan Zweig, cumbre apagada (1942) por su emocionada reflexión sobre el destino trágico del intelectual europeo, que por mo-mentos se transforma en un amargo autoexamen.
Paso aprisa sobre su meritoria producción ensayística, diseminada por diarios y revistas españolas e hispanoamericanas y agavillada sólo en parte en Ejercicios (1927), Rúbricas (1931), Feria del libro (1934), Cartas al Ebro (1940) y Ariel disperso (1946). Quiero destacar el volumen Fauna contemporánea (1933) como un amenísimo catálogo de las especies que ha producido la sociedad moderna. En fin, quien desee conocer a un crítico que penetra en la legislación estética del autor para mejor entender y juzgar la obra, que ubica el libro en las coordenadas históricas que le son propias, que expresa su parecer suave y elegantemente, que amonesta o censura con palabra irónica pero nunca cáustica, sabe que puede curiosear por los cuatro primeros volúmenes citados sin quedar defraudado.

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