Diccionario de Ciencias Sociales

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Ciencias Sociales

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PREFACIO

Autoridad, comunitarismo, autoestima, gobierno, individuo, estrés, exclusión, etc. Las ciencias sociales han hecho su entrada en la sociedad. Como indica este nuevo vocabulario que escuchamos en nuestro entorno, leemos en los diarios, encontramos en los corredores de los hospitales, en las escuelas o en los tribunales. Estas palabras tocan aspectos de la sociedad y de la vida personal. La inserción del vocabulario de las ciencias sociales en nuestro lenguaje cotidiano refleja una transformación en profundidad de nuestra sociedad. La psicología, la sociología, la historia, las ciencias del lenguaje han penetrado actualmente en el cuerpo social a través de una cohorte de expertos, terapeutas, asesores, consultores, responsables de inserción, del desarrollo y de la comunicación. Por ello, este diccionario ansía abrirse no solo a los conceptos, a los autores y a las teorías tradicionales de las ciencias sociales, sino también a lo nuevo.
Los autores, los conceptos, las teorías, las disciplinas
Al lado de los grandes dominios clásicos como el trabajo, la familia, el individuo, el estado, se encontrarán nuevos campos de exploración: la identidad, la vida cotidiana, la sexualidad, el reconocimiento… Al lado de las disciplinas como la antropología, la sociología o la historia, se encuentra la psicología evolucionista, los Cultural studies, las neurociencias, la arqueología o la bioética. Al lado de las grandes personalidades –Sigmund Freud, Karl Marx, Bronislaw Malinowski o Michel Foucault–, se encuentran otros cuyos nombres y obras forman parte de las ciencias sociales de nuestros días. Poner al alcance del gran público los conceptos, los autores, las teorías, que forman el corpus actual de las ciencias sociales, es el objetivo principal de este diccionario.
Apertura e interdisciplinaridad
El estudiante que emprende actualmente estudios de ciencias sociales tendrá que incorporar a su formación diversos campos disciplinarios antes de especializarse. Necesita disponer de una herramienta que le facilite un acceso inmediato a un amplio abanico de disciplinas, es decir, necesita una guía asequible que lo acompañe a lo largo de sus estudios.
Para los investigadores, es también ineludible la interdisciplinaridad. El sociólogo se abre a la psicología (y a la inversa), el lingüista no puede permanecer indiferente a los avances de las ciencias cognitivas. El antropólogo recibe los influjos de una paleontología en pleno florecimiento, el geógrafo sale de su confinamiento para abrirse ampliamente a las otras ciencias sociales.
Por esta razón, este diccionario es un instrumento útil no solo para pasar de un dominio a otro sino también para abordar numerosos conceptos y líneas de investigación que transgreden las fronteras disciplinarias.

Un diccionario humano de ciencias sociales

Este diccionario pretende ser humano en el sentido de que no se enfoca meramente en las definiciones sino que va más allá, a los seres humanos, a sus vidas, sus costumbres, sus creencias. ¿De qué serviría un diccionario que solo abordase la esquizofrenia, el trabajo o la economía a través de modelos establecidos y definiciones abstractas? “Gris es la teoría, verde el árbol de la vida”, escribió Goethe. Darle entrada a la vida –bajo la forma de ejemplos, de relatos de vida, de acontecimientos–, es la ambición y la originalidad de este diccionario. Esta característica no tiene que ver simplemente con una preocupación por la amenidad. Ciertamente, “un buen ejemplo vale, a veces, más que un largo discurso”. Una razón más fundamental determinó esta elección. Se trata de la naturaleza del conocimiento. La realidad humana, a duras penas, puede encerrarse en el rígido corsé de los conceptos. Las palabras están cargadas de representaciones, son el resultado de diálogos, de debates. Las ideas y las teorías tienen una historia, están creadas por autores inmersos en su época y portadores de su propia visión del mundo.

Para comprender el significado de una palabra, de una teoría y revelar todos sus aspectos ocultos, hay que develar el rostro humano de las ciencias. Narrar sin complacencia ni digresiones la vida de los hombres y mujeres que desempeñan un papel activo en el desarrollo de las ciencias sociales, sus historias, sus debates, sus perspectivas y sus obcecaciones. La idea de que la exigencia de honestidad y el rigor intelectual han de estar acompañadas por el placer del descubrimiento, no nos desagrada. ¿Por qué el conocimiento tendría que ser una cosa triste y sin alma?

Jean-François Dortier




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A
ABORIGEN
El 13 de febrero de 2008, el presidente del gobierno australiano les pidió solemnemente perdón a los aborígenes australianos por la política de asimilación impuesta desde comienzos del siglo xx hasta la década de los sesenta, que se tradujo en la separación de decenas de miles de niños de sus familias. Definitivamente, aislados de su cultura original, se les confió a familias europeas educarlos “según las costumbres occidentales”, en ocasiones fueron tratados con benevolencia, pero a menudo fueron explotados y víctimas de graves abusos. ¿Qué pueblo es ese cuyo destino hizo sentir culpables a sus colonizados?
En un sentido genérico, el término “aborigen” sirve para designar a los pueblos autóctonos (o indígenas) que viven desde sus orígenes en un país dado. Pero el término se emplea sobre todo para los pueblos oriundos de Australia. Por lo que deben comenzar con una A mayúscula. La ocupación de Australia por sus primeros habitantes se remonta a hace alrededor de 60.000 años. En esta época, Australia estaba unida a Nueva Guinea y formaba un continente único conocido como Sahul por los arqueólogos. Para llegar a Sahul, los primeros colonos tuvieron que atravesar con embarcaciones un estrecho de 60 km de ancho, que separaba a Australia de Sonda, región formada por Borneo, Sumatra y Java entonces estaban en un solo territorio unido al continente asiático.
Los aborígenes perdieron entonces todo contacto con las otras civilizaciones durante decenas de miles de años, hasta el redescubrimiento de Australia por James Cook en 1770, seguido de su colonización por los europeos. Aunque proceden de una misma estirpe, los 300.000 aborígenes que poblaron Australia desde su descubrimiento se dispersaron en numerosas tribus (Aranda, Kurnai, Narinyeri, Kamilaroi, etc.) a lo largo y ancho de un país de dimensiones continentales, con un tamaño quince veces superior al de Francia. Se cuentan no menos de 500 lenguas y dialectos aborígenes diferentes.
Los aborígenes viven y se desplazan en pequeños grupos de familias (de diez a veinte individuos). Son pueblos de cazadores-recolectores* nómadas, se alimentan de productos de la recolección (tubérculos, frutas, huevos, miel) y de la caza (canguros, emúes, balanos y varios mamíferos pequeños). Los pequeños grupos se reúnen regularmente para celebrar ceremonias rituales, como las nupcias, los duelos por la pérdida de algún miembro, los consejos de sabios para darle solución a los conflictos, etc.
Cada tribu se divide en dos, cuatro u ocho subgrupos exógamos, es decir, que los miembros de un clan (por ejemplo, El clan del canguro) no pueden contraer matrimonio con otro miembro de su clan (se considera que todos los miembros de El clan del canguro son sus hermanos y hermanas).
El tiempo de los sueños
La religión de los aborígenes está conformada por ritos y mitologías asociados al “tiempo de los sueños”. El tiempo onírico, es el mundo del más allá donde residen los espíritus animales o los espíritus de la naturaleza (el espíritu Balano, el espíritu Lluvia, el espíritu Arcoíris). Los “sueños” y las mitologías asociadas a estos están conectados con toda la vida social de los aborígenes. Remiten a la organización totémica de los clanes, a la descripción del espacio. Por ejemplo, un cuerpo de agua, una roca, un árbol muerto o una colina están habitados por espíritus específicos por lo que a cada uno se le asocia el nombre del espíritu correspondiente.
Los aborígenes practican diversas formas de arte, tradicionalmente vinculadas a los rituales y mitologías sagradas: pintura rupestre, en cortezas, herramientas, arena y pintura corporal. Desde luego, también se expresan a través de la danza y la música.
Durante las ceremonias rituales, la pintura corporal se asocia con bailes y cantos litúrgicos. Las pinturas aborígenes (sobre lienzo) son, en la actualidad, objeto de explotación comercial y turística.
Los aborígenes conforman hoy con una población que se aproxima a los 200.000, entre los que se encuentran varios miles de mestizos. Algunos viven en la ciudad, desarraigados, la mayor parte del tiempo bajo la condición de inmigrantes pobres. Otros muchos están vinculados a las reservas establecidas por las autoridades. Desde hace varios años, han recurrido a la movilización política con el fin de reclamar sus derechos sobre la tierra.
Los aborígenes y las ciencias sociales
Los aborígenes ocupan un lugar especial en la historia de las ciencias sociales. En 1899, dos etnólogos aficionados, Francis J. Gillen y Baldwin Spencer, publicaron un estudio seminal sobre las tribus Aruta del centro de Australia (The native tribes of central Australia). En este trabajo, los autores describen los estilos de vida de los aborígenes y, en particular, la institución del totemismo*.
Autores como James G. Frazer*, Émile Durkheim*, Sigmund Freud*, Lucien Lévy-Bruhl han desarrollado teorías generales acerca de los orígenes de las religiones o de la sociedad sobre la base de sus estudios sobre los aborígenes. Los consideraron como un prototipo de los pueblos “primitivos”, con un estilo de vida similar al de los primeros seres humanos.
Los estudios sobre el totemismo australiano constituirán igualmente la base sobre la que se apoyó É. Durkheim para su libro, Las formas elementales de la vida religiosa (1912), subtitulado El sistema totémico en Australia. En Tótem y tabú (1912), S. Freud también utiliza el ejemplo del totemismo australiano para fundamentar su teoría. Para él, el tótem representa el antepasado mítico del clan, al que le dieron muerte sus hijos para dominar a las mujeres del grupo. En este “asesinato primitivo” radica el origen de la sociedad y de las prohibiciones alimentarias (tabúes) que pesan sobre el animal-tótem y que se derivan del sentimiento de culpabilidad asociado al parricidio.
ABSTRACCIÓN, ABSTRACTO
La abstracción es un proceso general del pensamiento que ha sido frecuentemente objeto de las reflexiones de los filósofos. ¿Cómo pasa el pensamiento de una percepción concreta (por ejemplo, una rosa o una margarita) a un concepto abstracto (flor)?
Para Platón, las ideas puras de alguna manera son anteriores a la realidad material y existen en alguna parte del mundo de las Ideas (la única realidad verdadera y tangible).
Para Aristóteles, quien no comparte esta concepción, la mente humana pasa por inducción de lo concreto a lo abstracto. Pero, ¿cómo se efectúa la inducción?
Cómo se forman las ideas puras
La ciencias cognitivas* han desarrollado modelos abstractos acerca de las “representaciones mentales” mediante las cuales los objetos se almacenan como esquemas que solo retienen algunas características sobresalientes del objeto real. De modo que, en la percepción de un rostro específico se captura un ser singular (con detalles precisos) y a la vez, un esquema abstracto (una forma oval con dos ojos, la boca, la nariz) válido para cualquier tipo de rostro. Por tanto, la capacidad de abstracción proviene de esta tendencia a la esquematización.
ACCIÓN
Filosofía. Todo comienza con un brazo que se levanta. Y una pregunta aparentemente incongruente que plantea Ludwig J. Wittgenstein*. Cuando levanto mi brazo, se pregunta el filósofo, ¿puedo asegurar que obedezco mi voluntad? Lo que en este caso, ¿significaría que mi voluntad es la causa de mi gesto? Pero la voluntad se puede sostener a partir de una ilusión. ¿Acaso no puedo describir el movimiento de mi brazo, como mi voluntad, mi intención, etc. como “hechos” que pueden explicarse por causas físicas naturales, como la caída de una piedra, por ejemplo? Este es el tipo de problema que está en el origen de la filosofía de la acción contemporánea. Procede de la oposición entre las acciones (humanas y motivadas por las intenciones) y los hechos naturales, generados por causas naturales.
El debate resurgió, a partir de los años 1960, como parte de la filosofía analítica*. Esta contrasta dos concepciones. Por un lado, el filósofo Donald Davidson*, que defenderá la tesis de la “causalidad mental” (Actions et événements, 1980). En efecto, afirma que la voluntad o la intención que conducen a la acción constituyen la “causa mental” de la acción en cuestión (levantar el brazo o untar con mantequilla una rebanada de pan). Este tipo de acción difiere de otros eventos que pueden sucederme (un saxofón que me despierta, me resbalo en la escalera) sin que de mí provenga la causa volitiva (es decir, sin intencionalidad). A esta tesis se opone otra, “anti-causalista”, defendida inicialmente por L.J. Wittgenstein y luego por una pléyade de autores, quienes niegan que podamos describir las causas mentales de la misma manera que las causas físicas. Este enfoque retoma la teorías fenomenológicas* de la acción.
De aquí surgirá una serie de debates en torno a tres interrogantes. ¿Qué distingue una acción (intencional) de un evento natural? ¿Pueden existir acciones no racionales? ¿Cómo una intención (es decir, un estado mental) puede actuar sobre el mundo real, o la mente sobre el cuerpo? En torno a estas cuestiones, los filósofos de tradición analítica se enfrentan esgrimiendo multitud de argumentos y contra-argumentos, en los que sacan a colación brazos que se levantan (bajo el imperio de la voluntad), personas que pierden su tren (en contra de sus intenciones), etc.
Sociología. La sociología de la acción está constituida en torno a dos tradiciones muy distintas de investigación: la teoría de la acción individual y la de la acción colectiva*.
Aun cuando el nacimiento de la sociología francesa con Émile Durkheim tuvo lugar como resultado de una concepción colectiva de los fenómenos sociales, la sociología alemana se formó más bien a partir de las acciones individuales. “La sociología solo puede proceder de acciones efectuadas por uno, algunos, o numerosos individuos separados”, escribió Max Weber*.
Al comienzo de su libro, Economía y sociedad (1922), M. Weber enuncia los móviles de las acciones sociales. Distingue cuatro formas típicas de acción:
Acción tradicional: se relaciona con la costumbre, el dominio de la rutina o las normas sociales que están en vigor.
Acción emocional: se orienta por las pasiones (la ira, los celos).
La acción racional, que M. Weber divide en dos categorías: por un lado, la acción racional que implica la adecuación entre fines y medios (la actividad del estratega, del sabio o del empresario que procuran ajustar tanto como sea posible sus medios o recursos en función del objetivo que se trazaron). Por otra parte, la acción racional guiada por valores (la gloria, el honor, la justicia) en la que el sujeto defiende sus ideales sin buscar necesariamente la eficacia de su acción.
Para Weber, una misma acción puede proceder de diferentes lógicas a la vez. Y nunca es realmente posible separar la contribución de cada una de ellas.
Por su parte, los teóricos del individualismo metodológico* han hecho de la acción individual el principio cardinal de análisis de los fenómenos sociales. Para el economista austriaco Ludwig von Mises, autor de La acción humana (1949), las ciencias sociales deben partir del individuo que actúa. Al que considera un ser racional y dotado de una libertad de elección. Los partidarios del individualismo metodológico analizarán más adelante el significado que se le debe atribuir al “carácter racional” de la decisión. Raymond Boudon*, por ejemplo, considera que la racionalidad del actor individual proviene de una capacidad general para analizar una situación dada, sopesar los pros y los contras, elaborar estrategias, etc. Por tanto, no se trata de una racionalidad que pueda reducirse a la lógica pura.
La teoría del actor y de la acción volvió a ser, a partir de los años 1980, una preocupación de las ciencias sociales: se llevaron a efecto muchos debates sobre la relación entre las intenciones, las normas, las emociones y la racionalidad dentro del marco de la teoría de la acción. En general, estas disquisiciones contribuyeron a flexibilizar la noción de “racionalidad individual.” Por otra parte, los motivos de la acción fueron repensados teniendo en cuenta su diversidad (una acción nunca es impulsada por una razón única), la ambigüedad de las razones (el actor no es siempre riguroso en sus elecciones), la importancia de las interacciones (el uso de las influencias) y la incertidumbre de los resultados (una acción no siempre produce el efecto deseado).
ACCIÓN COLECTIVA
¿Bajo qué condiciones un grupo o conjunto de personas pasan a la acción colectiva a través de huelgas, manifestaciones, demandas y demás? El tema ha sido objeto de numerosos análisis. Para Karl Marx*, la miseria y el empobrecimiento de la clase obrera provocan la rebelión. Sin embargo, el movimiento colectivo no es una consecuencia automática de la pobreza o la precariedad. También depende de la capacidad de una clase para organizarse. La historia demuestra que no existe una relación automática entre la situación de miseria y descontento y la capacidad para movilizarse de forma colectiva.
En El antiguo régimen y la revolución (1856), Alexis de Tocqueville* sostiene que se trata de los grupos en proceso de ascenso social, los que frustrados por no poder lograr sus fines, tienden a movilizarse y rebelarse. Por ejemplo, la burguesía en ascenso, fue una de las puntas de lanza de la Revolución Francesa, en lugar de serlo las personas más necesitadas.
A principios del siglo xx, los pioneros de la psicología social*, como Gustave Le Bon* y Gabriel Tarde*, propusieron teorías del comportamiento colectivo en términos de psicología de masas. Estos autores se centraron en los fenómenos de contagio: manifestarse, equivale a ser arrastrado por una muchedumbre en la que el individuo pierde su autonomía en favor de una suerte de impulso colectivo. Las reminiscencias de la Comuna (1870) marcaron sus proyecciones teóricas.
A esta concepción de la acción colectiva, marcada por la influencia de la multitud, se oponen los autores con explicaciones puramente individualistas y estratégicas. En La lógica de la acción colectiva: bienes públicos y la teoría de grupos (1965), el sociólogo norteamericano Mancur Olson argumenta que la acción colectiva no surge espontáneamente del interés común. En efecto, la movilización tiene un importante costo individual. Sin embargo, si el grupo logra satisfacer sus objetivos es generalmente en beneficio de todos. Por tanto, a los individuos no les interesa involucrarse en la acción, puesto que implicaría para ellos un costo, que de todos modos deben asumir si esta es emprendida por otros. No obstante, existen movimientos colectivos. Ello se debe, según M. Olson, a que la organización que les sirve de apoyo (por ejemplo, el sindicato) es capaz de ofrecer a sus miembros beneficios individuales y específicos.
Alain Touraine* y los sociólogos de los movimientos sociales (como Alessandro Pizzorno) propusieron un acercamiento a la movilización colectiva desde los movimientos sociales. Un movimiento social surge cuando la lucha por valores e intereses comunes se transforma en un verdadero proyecto de sociedad alternativa. En los años 1970-1980, A. Touraine y su equipo trataron de determinar en sus investigaciones si las luchas de los estudiantes, los regionalistas, las mujeres y los ecologistas podrían convertirse en un verdadero movimiento social con la capacidad de sustituir el movimiento obrero, entonces en declive. La conclusión fue negativa.
La felicidad privada y la acción pública
Al comienzo de la década de 1980, en todos los grandes países occidentales parecía despuntar una retirada de la movilización colectiva hacia la vida privada. Esta tendencia al reflujo de la acción colectiva fue analizada por Albert O. Hirschman* en Shifting involvements: private interest and public action (1982). Para este sociólogo estadounidense, la vida social oscila entre períodos de involucramiento en acciones colectivas y de repliegue hacia la vida personal. El mismo autor describió en Exit, Voice, and Loyalty: Responses to Decline in Firms, Organizations, and States (1972), tres tipos de estrategias que pueden surgir del descontento. Por ejemplo, cuando un cliente está satisfecho, no tiene ninguna razón para “cambiar de heladería” y por lo tanto, muestra su lealtad (loyalty). Pero si se siente descontento, puede expresar su desaprobación mediante el abandono (exit), la protesta o la crítica, es decir, recurriendo a la palabra (voice).
En la misma línea, el sociólogo Charles Tilly habló de “repertorio de acciones” para describir las distintas soluciones posibles en el contexto de la movilización colectiva. Estas pueden tomar el camino de la huelga, la manifestación, las acciones de comando, las insurrecciones, las demandas, etc. según las circunstancias.
ACTANTE
En lingüística, el actante se define como el ente protagonista –persona, animal, objeto– que desempeña un rol específico en el desarrollo de una historia. El actante no es solo el que actúa, sino en general todo lo que participa en la realización de la acción. Así, en la frase “Julio compró un panecillo relleno de chocolate a la panadera”, hay tres actantes: Julio y la panadera, pero el “panecillo con chocolate” también lo es, ya que los tres son parte de la acción en curso.
ACTO DE HABLA
El concepto acto de habla, fue propuesto por el filósofo inglés John L. Austin (Cómo hacer las cosas con palabras, 1962). Su enfoque partió del estudio de ciertos verbos como “te prometo, te agradezco, te bautizo”, que tienen la propiedad de ejectur una acción por el mero hecho de ser pronunciados. Los denominó “performativos” y pensó en un principio que representaban un número limitado de casos en los idiomas. Luego constató que era muy difícil considerar estos enunciados performativos como categorías separadas. Sugirió entonces la idea de que todo enunciado, incluso el más descriptivo, puede ser considerado desde el punto de vista de la acción que denota. En efecto, “me encanta esta mesa” puede representar, dependiendo del contexto, un cumplido (al pintor), una pregunta (“¿Y a ti?”) o la orden (“¡No se la venda a otro!”). La obra de J.L. Austin instauró en lingüística la idea de que la función del lenguaje no es solo expresar lo verdadero o lo falso, sino realizar completamente una acción, con posibilidades de éxito o fracaso. Esto es lo que podemos llamar el punto de vista “pragmático” acerca del lenguaje.
¿Considera usted que hace calor?
El concepto acto de habla fue enriquecido considerablemente por John R. Searle, quien definió, en 1969, el concepto de “acto indirecto”. Considerar los enunciados del lenguaje como actos o hechos, es recurrir a lo que “hacen”: inquirir, afirmar, prevenir, ordenar, etc. Esto es lo que John R. Searle definió como “fuerza ilocutiva”. Algunos enunciados son claros en este sentido: “¡Pásame la sal!” o “¡lárgate!” son órdenes cuya fuerza ilocutiva está vinculada con su forma gramatical (imperativo). Sin embargo, es muy común que se utilicen formas derivadas.
Veamos un ejemplo. Un grupo de personas sentadas a la mesa. Una mujer le pregunta a su vecino: “¿Puede descorchar el champán?”, normalmente él no contestaría “sí puedo”, ya que comprende la necesidad de abrir la botella y servir, y que la frase es una solicitud. Durante la cena, dice la misma mujer: “Le falta sal al conejo”. Su vecino no se limita a decir: “Oh, es una lástima”, sino que le pasa la sal. Esta observación equivale también a una solicitud. Al culminar la velada, los dos invitados salen a la vez. En la puerta, el hombre pregunta: “¿Tiene usted coche?”. Ella responde: “Sí, gracias, muy amable por su parte.” ¿Por qué considera gentil este gesto? Porque comprende que subyace tras su pregunta, la propuesta de acompañarla. En estos tres ejemplos, el acto de habla constituye la intención subyacente del enunciado. Este concepto es importante porque:
– Todo enunciado se supone que tiene un segundo significado oculto.
– El reconocimiento por parte del destinatario depende estrechamente de la situación vivida y de varios saberes compartidos. La constatación de que el éxito o el fracaso de los enunciados “ilocutivos” depende de lo no-dicho sugirió la idea de que el significado de cualquier enunciado ha de ser reconstruido por el destinatario.
– Tanto el emisor como el receptor intervienen en la construcción del sentido, de donde proviene el punto de vista denominado “interactivista” sobre el lenguaje y el concepto de “contrato de comunicación”.
ACTOR
La palabra “actor” apareció en la literatura sociológica en los años 1980. Este enfoque sobre las conductas humanas pretendía desmarcarse de un enfoque predominante en las ciencias sociales que solo tiene en cuenta las clases, los roles sociales o los estilos de vida. Según esta óptica, el individuo se encuentra confinado entre conductas establecidas y estereotipadas (que se corresponden con su clase y su estatus de pertenencia). La sociología del actor se impuso a partir de los años 1980, en un contexto marcado por el auge del individualismo. La sociología del actor se opone a la visión “hiper-socializada” del individuo, que lo considera como representante de una categoría general. El enfoque basado en el concepto de actor subraya, por el contrario, las capacidades de iniciativa y autonomía relativa de las que disponen los individuos (o los grupos). Esta capacidad de elegir también implica una aptitud para el razonamiento y la deliberación. Así, explicar el voto político, el consumo, los comportamientos económicos o los itinerarios escolares en términos de sociología de la acción equivale a poner de relieve las decisiones tomadas por un sujeto social en un contexto dado.
La sociología contemporánea muestra los diversos rostros del actor:
 –Hay un homo œconomicus, actor racional que calcula lo mejor que puede los beneficios y sus costes. Se trata del modelo de individuo egoísta y calculador.
– El actor estratega que obra en función de una racionalidad “limitada”. Se contenta con obrar de manera “razonable”.
– Recientemente, el modelo de actor se enriqueció con esa visión del individuo atormentado que se busca a sí mismo, impulsado por múltiples motivaciones.
ACULTURACIÓN
Modificación de una cultura al ponerse en contacto con otra. Este término se introdujo en la antropología en la década de 1940, dentro del marco de la corriente actual “culturalista”*. En una época marcada por el colonialismo y las transformaciones que tuvieron lugar en el seno de las sociedades tradicionales bajo el impulso de la modernidad, se empleó el término aculturación esencialmente para referirse a la cultura dominada que al ponerse en contacto con la cultura dominante, sufre una fuerte influencia y pierde su propia substancia original.
La antropología contemporánea, que tiene una visión menos homogénea de las culturas, hace hincapié en la diversidad de los procesos de transformación de una cultura cuando se pone en contacto con otras, subrayando los fenómenos de sincretismo, integración e influencia.
ADICCIÓN
Pedro pasa más de ocho horas al día navegando por la Web. Nadège no puede entrar a una tienda, cualquiera que esta sea, sin comprar un producto que nunca va a usar. Romain no soporta separarse del trabajo y se lleva documentos de trabajo y la computadora portátil sus vacaciones. ¿Qué punto tienen en común? Uno podría pensar simplemente que tales comportamientos son excesivos. De hecho, constituyen “prácticas adictivas”. El término adicción surgió en la década de 1970 en el vocabulario de la psiquiatría norteamericana para describir la adicción al alcohol o las drogas. Desde entonces, se ha extendido, sobre todo en Europa, aplicándose a otras conductas. En efecto, muchos profesionales comenzaron a notar similitudes conductuales con la toxicomanía. Stanton Peele, psicólogo estadounidense, estableció incluso la similitud entre la adicción a las drogas y la relación de dependencia entre dos personas en el marco de una relación amorosa. Según él –y este punto de vista lo adoptan cada vez más personas– la dependencia no proviene directamente del objeto considerado “tóxico” (drogas, alcohol, trabajo, compras, internet, juegos o también el sexo), sino del alivio que este proporciona por un tiempo dado. Es evidente que la persona no depende del producto, sino de la experiencia que este le aporta.
El psiquiatra Aviel Goodman, en un artículo titulado, “Addiction: Definitions and implications” (British Journal of Addiction, 1990) propuso una lista de los criterios diagnósticos según el modelo DSM-IV (Manual Estadounidense para el diagnóstico de las enfermedades mentales). Podemos definir, de manera resumida, la adicción como la incapacidad permanente de controlar un comportamiento siendo consciente de sus efectos negativos. Hay en la adicción una pérdida de la libertad o aun más una esclavitud. Actividades de ocio y sociales, nada es más importante que el objeto de la adicción, trátese de un producto, una persona o un comportamiento. El individuo alberga sentimientos de privación o carencia cuando no tiene a su alcance su objeto de adicción. Por tanto, la adicción es por naturaleza incapacitante e invasiva. A menudo tiene importantes consecuencias sociales, familiares, profesionales y de salud.
Si las dependencias toxicomaníacas pueden ser tratadas con productos sucedáneos, el tratamiento de las conductas adictivas más severas es mucho más prolongado y complejo, pues implica, después de una separación inicial del objeto de adicción, un cuestionamiento profundo de la personalidad. “Me detuve cuando me di cuenta de que uno podía sentirse completo pese a la privación”, dijo un día uno de sus pacientes al Dr. Marc Valleur, sucesor desde el 2000 de Claude Olievenstein en el cargo de director del hospital Marmottan.
ADLER, ALFRED
(1870-1937)
Médico y psicólogo nacido en Austria. Fue uno de los principales discípulos de Sigmund Freud*, pero se apartó de este en 1910 para fundar su propia escuela de psicología: la Sociedad de Psicología Individual.
A. Adler estuvo de acuerdo con el descubrimiento de S. Freud sobre el papel del inconsciente en la estructuración de la psiquis, pero, a diferencia de este último, se niega a concederle a la pulsión sexual un lugar esencial dentro de las motivaciones humanas. Para A. Adler, la motivación central del individuo parte de su voluntad de superar el complejo de inferioridad, que desempeña un papel central en el desarrollo de la personalidad. El sentimiento de inferioridad nace en el niño por su condición inicial de dependencia y como resultado de la confrontación con modelos de adultos ideales. Tratará de desarrollar mecanismos de defensa dirigidos a compensar este sentimiento.
Principales obras de A. Adler
El carácter neurótico, 1912.
La teoría y la práctica de la Psicología Individual, 1918.
L’Enfant difficile: technique de la psychologie individuelle comparée, 1930.
El sentido de la vida, 1933.
ADOLESCENCIA
En psicología, se considera la adolescencia como el período de desarrollo de la persona entre los 12 y 18 años de edad. Este período se distingue por la presencia de cierto número de características:
– La maduración sexual, que se expresa en la aparición de las características sexuales secundarias (bello, pecho...), el descubrimiento del cuerpo y el deseo sexual;
– La búsqueda de una nueva identidad. La ruptura de los vínculos de dependencia con los padres (específicos de la infancia), la identificación con nuevos modelos de adultos, así como una reivindicación de la individualidad, son las manifestaciones de dicha búsqueda de identidad.
– El pleno desarrollo intelectual y la adquisición de una capacidad de razonamiento formal (razonamiento abstracto).
Etapa de metamorfosis, la adolescencia es a menudo considerada como un período de crisis: crisis existencial, conflictos con los padres, la atracción por los grupos, los grandes compromisos con ideales, etc.
Uno puede preguntarse si esta concepción clásica acerca de la adolescencia como una etapa de crisis es universal o característica de una época y región, a saber, las sociedades occidentales desde mediados del siglo xx. Muchos psicólogos y sociólogos han notado que los conflictos actuales con los padres parecen menos fuertes de lo que lo eran en los años 1950-1970, época de la “rebelión de los jóvenes”, durante la que los jóvenes se rebelaron contra el orden patriarcal. Pero tal vez solo han cambiado la naturaleza y el escenario: de la confrontación abierta con los padres en torno a valores colectivos explícitamente asentados se pasó a la búsqueda del reconocimiento por los grupos de la misma edad.
También notamos que las crisis de identidad que se creían típicas de la adolescencia tienden a repetirse en otras etapas de la vida: la crisis a mitad de la vida (crisis de la mediana edad), la jubilación o incluso, en las situaciones de ruptura: divorcio, pérdida de empleo, etc. Todas estas situaciones propician problemas existenciales similares.
ADORNO, THEODOR W.
(1903-1969)
Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, fueron las figuras más descollantes de la Escuela de Frankfurt.
Nacido en una familia de músicos, el propio Adorno quería ser compositor. Se dedicó a la filosofía, pero consagró gran parte de su obra a la teoría estética musical.
T.W. Adorno indaga acerca de la pérdida del sentido de la vida en un mundo moderno donde la racionalidad (científica, técnica, tecnocrática) ocupa una posición dominante. En su libro, Dialéctica negativa (1966), aspira a elevar su crítica de la sociedad al plano filosófico. El orden social no se reduce a un único orden que expresa la totalidad, la unidad y que por tanto, niega las diferencias.
T.W. Adorno también llevó a cabo investigaciones empíricas de psicología social sobre la “personalidad autoritaria” y los radioyentes.
Principales obras T.W. Adorno
Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada, 1951.
Notas sobre literatura, 1958.
Dialéctica Negativa. La jerga de la autenticidad, 1966.
Teoría Estética, 1970.

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